La situación que viven los
romaníes en Europa es grave. Las “Crónicas Romaníes” evocadas en estas páginas
así lo demuestran: el paso de las palabras racistas a los actos nazis sucedió
en Europa central. En Hungría, los romaníes beneficiarios de ayudas sociales
eran obligados a realizar trabajos penosos, esta medida fue concebida para y
contra ellos, contra su dignidad, por puro racismo del Estado. En República Checa
estuvieron a poco de ser masacrados, dado que se hacían anuncios en televisión
pidiendo “una solución final contra los zíngaros”, pero lo peor es posiblemente
el desconocimiento de esta población: “la minoría las más europea de Europa (10
millones de individuos)” no es nómada o asocial.
Pero como luchar en contra de
estas ideas cuando el mismo presidente francés fustiga los gitanos hablando de
“prácticas culturales” con respecto al tráfico humano del que son víctimas.
Incluso si el “discurso de Grenoble” del presidente Sarkozy hizo reaccionar a
Europa, los 17 mil millones de euros destinados a esta población son apenas invertidos,
así lo indica el diputado Karim Zéribi. En Francia, los medios de comunicación
caen en las trampas de la extrema derecha y caricaturizan estas poblaciones,
como lo condena el senador Michel Billout. Todo es exagerado, todo es
amalgamado. Según un informe del ministro del Interior transmitido a la revista
Pote à Pote, los romaníes en Francia son alrededor de 20 000 personas.
Lo peor está por venir, pero lo
mejor es todavía posible, porque ahora somos conscientes de todo lo que ellos
enfrentan en Europa, porque ahora sabremos ser vigilantes, porque ahora
nosotros también pasaremos a la acción. Cuando el diputado y alcalde de Cholet,
Gilles Bourdouleix, dijo: “Hitler no mató lo suficiente (refiriéndose a los
romaníes)”, la Maison des Potes lo demandó ante la justicia por “incitación al
odio racial”, porque hoy en día eso ya es demasiado.